
Hoy no importa el resultado
19/07/2026
*Por Daniel Collazo
​Hoy no importa el resultado. Antes de que ruede la pelota, antes de los nervios, los goles o los penales, hay algo que merece decirse primero: gracias.
​Gracias a esta selección profesional argentina que, partido tras partido, nos regala la excusa perfecta para juntarnos, gritar, putear al árbitro y abrazarnos con un desconocido que hace un minuto era un extraño. Eso no lo da cualquier equipo. Eso se construye con historia, con códigos, con una manera de jugar que es también una manera de sentir.
​Disfrutemos el evento como podamos. Porque no siempre se puede disfrutar tranquilo —esta selección, hay que decirlo, no nos tiene acostumbrados a la calma—. Seguramente suframos. Seguramente miremos el reloj, nos comamos las uñas, salgamos a fumar un cigarrillo que no fumamos, o nos tapemos los ojos en el momento clave. Es parte del folklore. Nadie dijo que ser argentino frente a una pantalla fuera fácil.
​Pero ahí está la gracia: ese sufrimiento se mezcla, casi sin permiso, con una alegría que no se explica del todo. Se sufre y se ríe. Se putea y se festeja. Se vive el partido entero al borde del asiento y, pase lo que pase, se termina de pie, cantando.
​Y sobre todo —por encima del resultado, del rival, del árbitro, de todo— abrazados. Porque al final el fútbol es eso: una excusa hermosa para estar juntos.
​Un abrazo que puede ser más grande
​Si somos capaces de abrazar a un desconocido por una camiseta, también deberíamos ser capaces de sostener ese mismo abrazo cuando el partido termina. Porque el mismo país que se para de pie para alentar tiene, todos los días, gente que necesita que alguien se pare por ella.
​Pensemos en los chicos que pasan hambre o frío, acá y en cualquier lugar del mundo —en Gaza, en Sudán, donde sea—. Pensemos en nuestros viejos, muchas veces solos, sin remedios, sin comida y sin calefacción. Sostengamos, con el mismo aliento con que alentamos a la Selección, a la educación pública: a pesar de tantos intentos por debilitarla, sigue estando entre las mejores del mundo, y sigue siendo gratuita y de calidad. Eso también hay que agradecerlo, y también hay que cuidarlo.
​Dejamos pasar tantas oportunidades históricas —la Guerra de Malvinas, la pandemia, que muchos imaginamos, quizás con ingenuidad, como el comienzo de una sociedad distinta— porque, dolorosamente, el poder casi nunca terminó estando en manos del pueblo. Tal vez ahí esté la enseñanza: los abrazos que damos en la tribuna también podríamos dárnoslos todos los días.
​VAMOS, ARGENTINA. TODAVÍA SE PUEDE.





