Desde Durañona, una mirada tierna y científica para recuperar la salud del suelo

29/06/2026

Inspirados en el paisaje donde crecen los estudiantes rurales compartieron una valiosa lección de ecología para aprender a escuchar al suelo pampeano y evitar su desgaste.

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​​El cuidado del medio ambiente y las buenas prácticas agrícolas dejaron de ser temas de nicho para convertirse en una preocupación central de la sociedad. No es para menos: absolutamente todo lo que consumimos viene de la tierra. Desde el trigo que se transforma en la harina de nuestro pan de cada día, pasando por el girasol para el aceite, las verduras de la huerta, las frutas, hasta la carne, la leche o la lana de las ovejas que termina en nuestra ropa.

​Nuestra vida entera depende de una delgada capa de suelo. Por eso, entender y cuidar la tierra es vital. Con esa premisa, los estudiantes de la Escuela N° 39 de Durañona se convirtieron en investigadores durante la última Feria de Ciencias.

A través de experimentos y datoos rigurosos, los chicos desarrollaron un proyecto de concientización que no solo busca proteger el suelo, sino que interpela de manera directa a los productores de la región.

​La investigación de los estudiantes de esta escuela trata del suelo y su hipótesis comenzó gracias a una propuesta de la maestra, donde su actividad consistió en dibujar e imaginar el espacio donde viven ahora. "Todos coincidimos en que antes estaba cubierto de pastos naturales: la cola de zorro, la flechilla, el pasto miel, la paja colorada, la totora y los repollitos de agua", contó una de las alumnas que estaba en su stand a este diario.

Allí en ese lugar, había fotos del suelo de los campos y experimentos con botellas, entre otros objetos.
​"Antes no había caminos, alambrados, árboles ni tranqueras. Leímos textos que nos informaron sobre la ecorregión pampeana y también observamos los alrededores de la escuela a través de imágenes satelitales".
​"En las fotos se puede ver que ahora está todo cosechado, y antes no; ahora hay alambrados que en el pasado no existían", añadió la alumna.

​Vale mencionar que la hipótesis central de este trabajo se basa en que si los pastos naturales son reemplazados por otros cultivos durante mucho tiempo, el suelo se degrada y pierde fertilidad; por eso de tanto gastarlo con lo que cosechamos, muchas veces no cambiamos de cultivo. "Un suelo sano tiene un 5% de materia orgánica, un 25% de agua, un 25% de aire y un 45% de minerales", describió.

Para demostrar la teoría con hechos palpables, los alumnos de Durañona no se quedaron solo en los libros: montaron su propio laboratorio escolar utilizando un recurso tan simple como ingenioso. Diseñaron un experimento con dos botellas cargadas con muestras de tierra de la zona que exponían dos realidades completamente opuestas.
​Por un lado, recolectaron suelo de un lote intensamente trabajado por la agricultura; por el otro, consiguieron tierra de un sector testigo que lleva 75 años sin ser sembrado.

El resultado del ensayo visual fue contundente al volcarles agua. En la botella con la tierra desgastada por los cultivos continuos, al haber perdido su capa protectora natural, el agua se estancó de inmediato, saturando la superficie en un encharcamiento denso.

​En cambio, en la muestra del suelo virgen ocurrió todo lo contrario: la tierra funcionó como una esponja natural, absorbiendo el líquido con facilidad y filtrándolo de manera tan eficiente que, al drenar por la base, el agua salía completamente limpia.

​En este sentido, la alumna contó a este portal que: "El suelo es un recurso natural no renovable. El uso excesivo genera un alto impacto ambiental, problemas de erosión hídrica, pérdida de materia orgánica y un menor rendimiento en los cultivos".

​"Las técnicas de conservación del suelo que recomendamos son la siembra directa, la rotación de cultivos, el uso de fertilizantes orgánicos, la agricultura de contornos, los cultivos de cobertura y las gramíneas. Para los que no saben, las gramíneas son plantas herbáceas con hojas estrechas, tallos que pueden ser huecos y hojas perennes que nunca se caen", agregó.

​En cuanto al origen de este proyecto, la estudiante indicó que: "Todo comenzó porque nosotros vivimos en el campo. Siempre vemos que las zonas de siembra están todas encharcadas, mientras que los suelos que nunca se han trabajado no se inundan ni retienen tanta agua. A partir de ahí empezamos a hacer experimentos para ver cómo estaba formado el suelo y cuáles eran sus diferencias".

​Ante la pregunta de qué fue lo que más llamó la atención sobre este trabajo, ella respondió: "Nos llamó la atención enterarnos de que antes no había árboles en esta zona; ese fue uno de los datos que no sabíamos. También nos sorprendió ver la poca capa fértil que le queda al suelo en los lugares que fueron sembrados durante mucho tiempo".

Detrás del proyecto hay un equipo de cuatro chicos donde pasaron horas quemando pestañas y devorando información para sacarse las dudas que les daban vueltas en la cabeza.

Hoy, plantados frente a su stand en la Feria dejaron un mensaje claro: la urgencia de frenar el monocultivo y entender, de una vez por todas, lo importante que es no cosechar siempre lo mismo.

​Para no quedarse solo con la teoría, los chicos salieron a encuestar a los productores de la zona. La respuesta de la mayoría confirmó el problema: cambiaron los pastizales naturales por el cultivo continuo. El resultado de esa práctica ya se siente en los campos de la región: erosión por el agua, pérdida de materia orgánica y un rendimiento que viene en caída libre.

​Para concluir, la alumna dijo: "El problema es que ahora los más grandes solamente piensan en plata, y no piensan en el futuro de todos nosotros", finalizó.

​La lección que llegó desde Durañona es un mimo al alma y, a la vez, un llamado a la responsabilidad. Estos pequeños investigadores rurales demostraron que el amor por el paisaje no se aprende en los escritorios, sino viviendo y respirando el campo. Estas investigaciones nos ayudan a tomar una mayor conciencia para construir un futuro mejor.

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