Mi red social y yo: ¿nos convertimos en lo que posteamos?

Vivimos conectados, posteamos en automático, editamos nuestra identidad sin cuestionarnos nada. Las redes sociales ya no son un simple canal de comunicación: son un espejo, una máscara y, a veces, hasta una cárcel. ¿Somos nosotros quien controla la tecnología? o ¿es ella la que se apropia de nosotros?

11/08/2025
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*Camila Sosa - Agencia Comunica

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Hay días en los que me descubro revisando Instagram sin saber realmente como llegué ahí. No sé qué es lo que estaba buscando, pero sé que me detuve en seco sobre una historia, la miré en silencio, hice zoom con mis dedos para poder ver cada detalle en la fotografía y luego, como quien quiere que nadie lo vea, cerré la app a una velocidad casi imperceptible. Sin embargo, esa imagen me siguió el resto del día, me quedé pensando en cómo se veía esa persona, en lo que eligió mostrar, en lo que no quiso enseñar y también, en qué hubiera pasado si ella viera lo que yo había subido esa misma mañana.

No es nuevo decir que las redes sociales cambiaron nuestra forma de relacionarnos y comunicarnos. Lo que tal vez no terminamos de asumir es cuánto influenciaron en la manera en que nos percibimos. Hoy, nuestra identidad no termina exclusivamente en las limitaciones de nuestro cuerpo: sigue en la pantalla. Somos nuestro feed, nuestros reels, nuestros seguidores… somos eso que está enmarcado en una publicación de Instagram. El mundo digital ya no es una parte de la vida: ahora es la vida.

Maximiliano Peret, docente e investigador del MT&CD (Mediaciones Tecnológicas y Comunicación Digital) de la Facultad de Ciencias Sociales de UNICEN, sostiene que las redes sociales ocupan hoy un lugar central en nuestras vidas. “Hoy las redes se transformaron en el espacio de socialización primario, porque hasta para decir ´Che, ¿que hacemos esta noche?´, usamos redes sociales como WhatsApp o Instagram.” Ya no hay un límite entre la vida digital y la presencial, sino que ambas están completamente interconectadas.

 

En esta nueva lógica, mostrar se convirtió en algo más importante que el ser. Ya no se trata solo de lo que publicamos, sino de cómo eso que compartimos construye una narrativa de quienes somos. Y más todavía, cómo esa narrativa se vuelve un juicio para los demás. Vemos, analizamos, criticamos y juzgamos desde el color de un filtro hasta la postura sobre temas importantes como política o educación, todo queda bajo lupa. Y así lo aceptamos, lo naturalizamos e incluso, lo perpetuamos.

Peret ejemplifica esto en palabras claras: “muchas veces se usan las redes sociales no para ver y juzgar al otro, sino para ver cómo esos otros me ven a mí. Subimos una foto y si tiene pocos likes, la borramos”. Así se puede entender que las redes son utilizadas como una plataforma de constante validación.

La forma en cómo nos mostramos en redes no es casual ni espontánea: está pensada para ser vista por otros. Lo que publicamos es, de manera consciente o no, una forma de buscar provocar una reacción en el otro “sea de felicidad, cercanía, admiración o hasta envidia, las redes nos invitan a reaccionar”. No se trata de que lo que mostramos sea falso, sino de que es un pequeño recorte seleccionado por nosotros mismos para compartir al mundo. En ese sentido, nuestra identidad digital se vuelve una especie de actuación frente a una audiencia, una puesta en escena en donde cada detalle comunica cómo queremos que nos perciban.

 

Más allá de la exposición que nos condiciona a la hora de tomar decisiones, el gran avance de la inteligencia artificial y de los algoritmos hace que estos también se cuelen, casi en silencio, en esta lógica de consumo. Lo que aparece frente a nosotros no es casual, sino que está diseñado para atraparnos, para confirmar nuestras ideas y mantenernos conectados. “Las redes sociales tienen una misión: hacernos sentir cómodos. Si algo es incómodo, deja de aparecer. Si algo entretiene, se seguirá mostrando. Hoy los algoritmos están presentes para interpretar qué nos gusta, y tomar decisiones por nosotros”.

Esa comodidad, muchas veces, nos impide ver el impacto real que tienen estas dinámicas en nuestras vidas. “Los cambios tecnológicos fueron tan rápidos que no tuvimos tiempo de adaptarnos a ellos. Pensamos que llevamos mucho tiempo usando celulares con conexión a internet, pero apenas pasaron doce años, y en ese lapso, cambiaron nuestras formas de hablar, de informarnos y hasta de mirar películas que naturalizamos demasiado rápido”.

Lo que antes pertenecía al ámbito de lo privado hoy se comparte sin filtros ni conciencia. Ya no revelamos las fotos para ir a mostrarle a la familia: ahora subimos todo en tiempo real para compartirlo tanto con seres queridos como con completos desconocidos y esperar sus reacciones. Hoy las redes son el ojo de la sociedad “es como si estuviéramos inmersos en la casa de ´Gran Hermano´, siendo observados todo el tiempo por todos lados” volviéndonos receptores de comentarios fuera de lugar, violencia digital y malentendidos que pueden comenzar con un simple posteo.

“Todavía no tenemos del todo construidas las normas culturales para estos espacios. Es como si dos personas charlaran en una habitación y alguien abriera la puerta para opinar violentamente sobre lo que se está conversando. Eso es lo que pasa en las redes, y muchas veces, termina reflejándose en conflictos reales, sobre todo entre los jóvenes”, comenta Maximiliano Peret, con base en su trabajo de investigación.

El vértigo con el que vivimos también se refleja en los consumos digitales. Todo tiene que ser breve, directo, urgente. “Hace 6 años ´cualquiera podría ver una película que dure dos horas, hoy nos parece eterno. Necesitamos algo que nos atrape en 5 segundos o lo descartamos, hasta los libros se adaptaron a esa lógica y hoy los capítulos no superan las 15 hojas”. Nos acostumbramos tanto al contenido fragmentado que hoy no podemos dirigir nuestra atención completa a un contenido que dure más de 40 minutos porque pierde nuestro interés.

 

No hay una solución mágica para este vínculo con los aparatos electrónicos y todas sus plataformas pero, frente a todo esto, no se propone una desconexión total, sino un ejercicio de conciencia. “Si algo te genera una mínima duda antes de postearlo, no lo hagas. Hoy ya no hablamos solo para quien está al lado: lo que decimos y publicamos puede ser escuchado desde el otro lado del mundo, nos toca pensar y cuidarnos como ciudadanos digitales”.

En un mundo donde la conexión es constante y la exposición se volvió la norma, las redes sociales no son espacios inocentes: moldean percepciones, condicionan decisiones y nos invitan a construir versiones editadas de nosotros mismos. Cada clic, cada historia, cada like aporta a un relato todavía más grande, que muchas veces no escribimos del todo.

Entender cómo operan estas plataformas y qué papel jugamos en ellas ya no es un gesto individual, sino una necesidad colectiva. No debemos apagar la pantalla, no se trata de ello, sino de aprender a mirarla con otros ojos, unos críticos y conscientes. Porque en la era del scroll infinito, detenerse a pensar también puede ser el primer paso para recuperar el control que cedimos a este mundo que se desliza más rápido de lo que pensamos.

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