
“Ver llorar a mi mamá me salvó la vida”

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Reconocer el problema y pedir ayuda suele ser el paso más difícil, pero también el comienzo de la recuperación. En esta fecha especial de concientización, un profesional de la salud acercó a Diario Olavarría la historia de un paciente que hoy transita el camino de la rehabilitación, dejando un mensaje claro para quienes atraviesan la misma situación: siempre es posible salir.
​​El consumo de este paciente empezó hace aproximadamente seis años. “Pedí que me convidaran y desde ese momento me gustó la sensación de estar activo, despierto y feliz. Al principio consumía poco, pero se volvió un problema cuando ya no buscaba ese efecto típico de estar alegre o concentrado, sino algo más fuerte que es difícil de explicar”, relató el paciente.
Con el tiempo, la adicción afectó de lleno su vida cotidiana: “Andaba con problemas todo el tiempo, quilombos en la calle con la gente. Me gastaba siempre la plata en droga y no comía, cuando antes sí lo hacía. Me convertí en alguien que no era. El estudio o el trabajo ya no rinden frutos porque solamente pensás en drogarte”.
​Sobre las señales que veía su entorno y que él en su momento no podía reconocer, recordó: “Mi hermano me pedía que me cuide, que no pierda la vida ni me mande cagadas, así que supongo que se daba cuenta. Mi viejo lo mismo, me echó de casa porque yo tuve la culpa y traje problemas. Y mi mamá siempre preocupada”.
​“Ellos me veían llegar tarde. Las señales son irte a un boliche y volver como nuevo, salir en pedo y volver como nuevo a las 12 del mediodía sin dormir, o desaparecer una semana y volver como si nada”, detalló.
El punto de quiebre llegó tras poner en riesgo su vida en reiteradas oportunidades. “Tocar fondo para mí fue estar cerca de una overdose hasta que al fin tuve una sobredosis. Ver a mi madre muy preocupada, triste y llorando fue el límite. Principalmente lo de mi madre fue lo que me llevó a pedir ayuda”, concluyó.
​Pedir ayuda no es un gesto de debilidad, sino el primer acto de valentía para recuperar la propia vida. A veces, la rutina del consumo frena proyectos, destruye vínculos y apaga a la persona, pero el testimonio de quienes logran salir demuestra que nunca es tarde para frenar. Aún en los momentos más oscuros, dar ese paso y dejarse acompañar por la familia y los profesionales de la salud es la prueba más clara de que siempre hay una oportunidad para volver a empezar.


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