
Un fogón para el alma: La noche en que Pedro Aznar brilló en el Teatro Municipal
Maximiliano Cooper Pondarre
Con apenas unas luces y rodeado de sus instrumentos, Pedro Aznar transformó el escenario del Teatro Municipal en un refugio personal. El artista brindó un concierto muy íntimo, donde hizo un repaso minucioso de sus canciones favoritas y temas propios que ya son parte del ADN nacional.
​La presentación inició el miércoles por la noche y, durante una hora y media, el público disfrutó de un repertorio que viajó entre el rock local y los clásicos internacionales, siempre bajo una atmósfera de calma y cercanía. El viaje comenzó con piezas de Pototo, Bluebird y Pensaba en vos.
​"La idea es hacer música de fondo, algo íntimo, así que canten todo lo que quieran", soltó Aznar, relajado con su remera y una camisa abierta. Detrás de él, una pantalla proyectaba la imagen de un fogón, terminando de armar esa mística de living de casa que dominó la noche.
​En un momento del show, Pedro compartió una confesión sobre el detrás de escena: "Estuve muy entusiasmado preparando este show durante el verano en mi casa, grabando estas pequeñas cositas con las que replico sobre el escenario para ofrecer una paleta de colores más amplia; la pasé súper bien preparándolo". Incluso admitió la profundidad de su propia entrega: "Me pasa que, durante el show, me embarga la emoción porque suena todo tan bonito que la música empieza a volar".
​El clímax llegó con versiones impecables de Crimen, Love of My Life, Nubes Negras, Fields of Gold y un Confesiones de invierno que el público, emocionado, se animó a completar a coro.
​Lo más impactante de la noche fue ver a Aznar convertido en un "hombre orquesta" del siglo XXI. Utilizando la técnica de live looping, el músico fue grabando capas de sonido en tiempo real: desde un chasquido hasta una base de bajo o una armonía vocal, construyendo frente a los ojos de todos una arquitectura sonora que llenó cada rincón del teatro.
​El recorrido siguió con Don't Give Up, Ordinary World y, ya sentado al piano, una versión sentida de Todos los días un poco. Luego, guitarra en mano, regaló Domingo de verano —donde sorprendió con un solo de silbido perfecto—, seguido por A mis amigos, Todo amor que exista en esta vida, Mírame y All Things Must Pass, entre otros.
​Fue un desfile constante de instrumentos; cada tanto, un asistente entraba para renovar su colección de guitarras y bajos de todos los colores.
Este concierto fue gracias a Parmil produce.
​Para el final, ante el clásico pedido de "otra", Aznar reapareció en el frente del escenario para un cierre despojado: un popurrí de sus éxitos como Amor a primera vista y Ya no hay forma de pedir perdón, interpretados totalmente a capela. El punto final fue con Una extraña felicidad, coronando una noche donde Olavarría lo despidió con una ovación cerrada.



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