El valor de escuchar: cómo acompañar en tiempos de crisis
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*Por Dra. Lucia Camila Lopez/ MP 3949
En el mes de la prevención del suicidio, las consignas individuales no alcanzan. Para que alguien pueda pedir ayuda, tiene que existir una comunidad dispuesta a escuchar y un sistema capaz de responder.
Cada septiembre aparecen las mismas frases: “Hablemos de salud mental”, “No estás solo”, “Pedí ayuda”. Son mensajes necesarios y hasta pueden abrir una puerta. Pero también corren el riesgo de convertirse en una fórmula tranquilizadora para quienes están de este lado de la pantalla.
Porque pedir ayuda no es facil. Hay que poder reconocer lo que te esta pasando, encontrar palabras para decirlo y confiar en que del otro lado habrá alguien dispuesto a escucharte sin juzgar. Después hay que conseguir un turno, llegar a una guardia, pagar un tratamiento o atravesar instituciones que no siempre tienen los recursos suficientes. No todo llega a estas últimas instancias.
Entonces, tal vez la pregunta de este mes no debería ser solamente por qué una persona no pidió ayuda. También tendríamos que preguntarnos qué encontró cuando intentó hacerlo.
El suicidio suele ser contado como un drama que ocurre en privado, una tragedia inexplicable que le pasa a una persona o una familia. En realidad, ningún sufrimiento sucede en el vacío.
Las condiciones de vida, la soledad, las violencias, la discriminación, la precariedad económica, el desempleo, las exigencias laborales o académicas y la dificultad para acceder a la atención pueden aumentar el desamparo. Esto no significa que exista una causa única ni que pueda trazarse una explicación automática. Significa reconocer que la salud mental también tiene una dimensión social.
Uno de los mitos más persistentes afirma que quien habla de suicidio no lo hará y que solo busca llamar la atención. Pero una expresión de desesperanza siempre merece ser escuchada. Incluso la frase “quiere llamar la atención” debería llevarnos a otra pregunta: ¿qué dolor necesita hacerse visible para que alguien pida, como puede, que lo miren?
También se cree que preguntar por el suicidio puede “darle la idea” a una persona. Preguntar de manera directa, serena y cuidadosa no provoca una conducta suicida. Por el contrario, puede aliviar el aislamiento y permitir que alguien diga algo que hasta entonces no había podido compartir.
No hacen falta palabras perfectas. A veces alcanza con animarse a preguntar: “¿Estás pensando en hacerte daño o en suicidarte?” Y después, escuchar.
Escuchar no es interrogar. Tampoco caer en el cliché de responder “tenés todo para ser feliz”, “pensá en tu familia” o “hay gente que está peor”. Mucho menos prometer guardar un secreto cuando existe un riesgo. Escuchar es no minimizar, no moralizar y no apresurarse a llenar el silencio con consejos. Es quedarse, buscar apoyo profesional y, si existe un peligro inmediato, acompañar a la persona a una guardia o comunicarse con un servicio de emergencias.
Otro mito presenta el suicidio como un acto egoísta, cobarde o falto de voluntad. Esas palabras no explican nada, solo agregan culpa y vergüenza. Una persona atravesada por una crisis puede llegar a sentir que su dolor es insoportable, que no existe salida o incluso que ella misma es una carga para los demás. No necesita un juicio moral. Necesita tiempo, cuidado y una respuesta concreta.
Pero acompañar tampoco significa convertir a una madre, una pareja, una amiga o un docente en responsables absolutos de mantener viva a otra persona. El amor puede ser un sostén enorme, pero no reemplaza la atención profesional ni las políticas públicas. Nadie debería enfrentar una crisis en soledad y tampoco debería hacerlo quien acompaña.
Por eso la prevención comienza mucho antes de una urgencia. Empieza en una escuela que sabe actuar frente al hostigamiento. En un trabajo que no destruye a las personas en nombre de la productividad. En un centro de salud accesible. En un club que registra una ausencia. En un medio que informa sin sensacionalismo. En una comunidad que no castiga la diferencia y en un Estado que garantiza derechos, atención y continuidad en los cuidados.
La Argentina cuenta con la Ley Nacional de Prevención del Suicidio, que contempla la prevención, la asistencia, la capacitación, la creación de redes comunitarias y la posvención, o sea, el acompañamiento posterior de familias, amistades e instituciones afectadas.
Porque una muerte por suicidio no termina en una persona. Deja preguntas, dolor y muchas veces culpa entre quienes continúan viviendo. Ellos también necesitan ser cuidados.
Hablar responsablemente implica no describir métodos ni lugares, no difundir notas personales, no romantizar la muerte y no atribuirla a una única causa. También significa contar que las crisis pueden atravesarse y que pedir ayuda puede producir un cambio. No se trata de ofrecer finales felices obligatorios ni frases como “todo pasa”. Se trata de mostrar que el sufrimiento puede transformarse cuando encuentra escucha, tratamiento, vínculos y condiciones de vida más dignas.
Quizás septiembre pueda servir para algo más que publicar un lazo o repetir una consigna. Puede ayudarnos a mirar alrededor y preguntarnos qué clase de respuesta ofrecemos cuando alguien finalmente consigue decir “no puedo más”.
“Pedí ayuda” seguirá siendo una frase importante. Pero debería ir acompañada por otra, dirigida a toda la sociedad:
Construyamos un lugar donde pedir ayuda encuentre respuesta.
Si vos o alguien que conocés está atravesando una crisis o una urgencia de salud mental en la Argentina, puede comunicarse gratuitamente con la Línea Nacional de Orientación y Apoyo en la Urgencia de Salud Mental: 0800-999-0091, disponible las 24 horas, todos los días. Ante un peligro inmediato, hay que contactar al servicio local de emergencias o acudir a una guardia.