14/07/2026

Los conflictos adolescentes no se quedan en la escuela

El reciente escándalo con imágenes creadas por IA en colegios secundarios expone una realidad innegable: los límites de la convivencia escolar hoy se dibujan en las redes. En un mundo de algoritmos que perpetúa los conflictos y dispara la ansiedad adolescente, las instituciones enfrentan el desafío urgente de educar en valores y ciudadanía digital para volver a ser un faro de contención.

*Por Mónica Beltrán 

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Los avances tecnológicos cambiaron la dinámica de los conflictos: ya no terminan en un intercambio o una conversación, se extienden y crecen en las redes y grupos de chat y las escuelas no son una excepción. Las y los educadores necesitan urgentemente nuevas herramientas para abordar las peleas y diferencias entre adolescentes, ya que los problemas de convivencia y vínculos entre las chicas y chicos no terminan más en el aula.

Hace quince o veinte años, la solución parecían ser los consejos de convivencia, espacios donde la comunidad educativa, con la asistencia de psicólogos, psicopedagogos, equipo directivo, madres y padres y algún representante estudiantil, dirimían conflictos de interés, peleas, agresiones, discriminación y otros asuntos complejos que se generaban en el aula, espacio en el que las y los adolescentes pasan gran parte de su vida.

Esta semana se supo que un grupo de estudiantes de los colegios secundarios universitarios Carlos Pellegrini y Nacional Buenos Aires fueron denunciados porque vendían fotos de sus compañeras «desnudadas» por la inteligencia artificial (IA) en un grupo de WhatsApp, lo que ocasionó una serie de conflictos internos entre las chicas y los chicos de la escuela y sus padres, y que dio lugar a una intervención pedagógica y comunicativa de las autoridades en consulta con el Consejo de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (CDNNyA) y el Ministerio Público Tutelar.

Este hecho no tiene que horrorizarnos. No es tiempo para ensayar un vacío «¿qué barbaridad!», pero sí para pensar que hoy la convivencia escolar depende tanto de lo que ocurre dentro de la escuela como de las conversaciones en las redes sociales, los algoritmos y las plataformas que organizan la vida cotidiana y el intercambio permanente de las chicos y los chicos, espacios que además hacen público lo que debería ser privado.

Las escuelas en este caso involucradas son de élite. A ellas asisten estudiantes que tuvieron que atravesar difíciles exámenes para ingresar, que tienen familas con recursos que les pagaron capacitaciones privadas para acceder a esos establecimientos, hijas e hijos de familias de clase media, profesionales, que eligieron el prestigio de escuelas universitarias que marcan la diferencia en los CV para sus egresados.

Pero ninguna escuela, ninguna clase social, ninguna familia está a salvo de verse enredada en este tipo de conflictos que se extienden y potencian hasta el infinito en un mundo de algoritmos, laberintos de redes sociales, imágenes trucadas o modificadas con IA.

¿Quién es responsable?

Cuestiones como la privacidad de la imagen, la violencia de género, las dificultades para vincularse de las chicas con los chicos y viceversa, el uso libre del WhatsApp e Instagram para hacer bullying a unas y otros y los problemas de comunicación, eclosionaron en esta oportunidad en un hecho triste y doloroso para las estudiantes que se vieron avergonzadas públicamente en un hecho, que de ser real, roza la ilegalidad.

¿Qué pasó para que en 15 años, aquellos conflictos adolescentes, siempre dolorosos, se escaparan de las manos de los educadores y equipos psicopedagógicos y explotaran fuera de las escuelas, en los medios, en las fiscalías, enfrentaran a grupos de padres que sacan a sus hijos de las escuelas como si esa fuera una solución, y que se termine pensando en la prohibición del uso de dispositivos como si la herramienta solucionara los conflictos?

Hace unos meses un grupo de niños y niñas de la escuela primaria charlaron en Somos Origamis, un espacio del streaming de Gelatina, que conduce Pedro Rosemblat, sobre el uso de los celulares en sus familias. La charla es imperdible. Allí son los chicos quienes piden que sus progenitores tengan reglas claras sobre cómo usar los celulares y en qué momento sacarlos de escena, porque consideran que sus papás y mamás no les prestan atención por estar conectados todo el día a los grupos de chat que usan en sus dispositivos.

Entonces, es posible concluir que no se trata de culpabilizar a padres y madres, pero tal vez sea hora de pensar en un asunto tan viejo como los trapos: la influencia de los modelos de sus padres y madres en las chicas y los chicos.

En una sociedad donde nada termina, donde todo –atemporalmente– sigue circulando una y otra vez en redes y chat grupales, con conversaciones fragmentadas y ausencia de escucha, con modelos de éxito vinculados a lo material y con mensajes que circulan eternamente, distorsionándose entre el ir y venir de chats y grupos en celulares, con mensajes que están fuera de su espacio y su tiempo, ¿por qué extrañarse que las y los adolescentes practiquen su ingreso a la juventud reproduciendo esos modelos?

Cuando nada termina y los conflictos se perpetúan sin resolverse, cuando se hacen eternos en el ciberespacio, eso produce una situación de agobio de la que es difícil huir. Es como estar atrapados en un laberinto de un mundo sin valores, donde gana el individualismo, no hay lealtades y nadie sabe quienes son los amigos y quienes los enemigos. Un mundo donde la solidaridad desapareció y se salvan solo los más fuertes, no siempre son los mejores.

Depresión y ansiedad adolescente

El psicólogo norteamericano Jonathan Haidt, autor de la generación ansiosa, habla de un «gran recableado de la infancia» para explicar cómo la dopamina rápida de los dispositivos altera los cerebros en formación.

«Hemos sobreprotegido a los niños en el mundo real y los hemos desprotegido en el mundo virtual» .

En su libro vuelca estadísticas que indican el aumento de un 145% de las chicas y un 162% de los chicos de entre 12 y 17 años que tuviero al menos un episodio depresivo mayor entre 2010 y 2021 en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Nueva Zelandia y un conjunto de países nórdicos que analizó.

A esto se agrega el aumento en los trastornos relacionados con la ansiedad . La tasa de autolesiones entre los jóvenes norteamericanos casi se triplicó entre 2010 y 2021. Si bien los datos son de países del norte, en Argentina la situación no es muy diferente. Información difundida por la Universidad Austral , Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica y UNICEF indica que 1 de cada 7 jóvenes argentinos padece algún trastorno mental, teniendo la ansiedad y la depresión como causas centrales.

El malestar psicólogico en Argentina se dispara más aún en la adolescencia y se profundizó tras la pandemia del Covid 19.

La pregunta es: ¿qué ocurrió a partir de 2010? Principalmente se masivizó el uso de los smartphones, y la posibilidad de uso de teléfonos con cámara frontal que permitían tomar y publicar en redes las denominadas «selfies».

¿Qué puede hacer hoy en este marco la escuela? Ser un faro, un contramodelo de esos disvalores. Profesores, preceptores y directivos comprometidos con la solidaridad, la amistad, las lealtades, que acompañen a esas chicas y chicos a crecer con la ilusión de un mundo mejor, donde haya justicia, donde esté más claro que está bien y qué está mal, donde la generosidad y el compañerismo se premien y las dificultades no se eviten sino que se atraviesen, con paciencia y constancia, para ser mejores personas cada día.

Una escuela que no enseñe sólo lengua y matemática, sino también valores y, en este contexto sobre todo, eduque en ciudadanía digital, en el uso de las tecnologías para el bien, que transmita la importancia de cuidar el ambiente, ser comprometido con quienes sufren injusticias, no enamorarse de las imágenes sino profundizar y creer en valores como la humildad y el valor de lo ético y del conocimiento.

*La comunicación hace Click