23/06/2026

El imperio del celular y las aulas del siglo XIX: la encrucijada urgente de la educación argentina

Tras la presentación de Rebeldía y Progreso  del Lic. Rafael Perez Muñoz en Coopelectric, hizo un desglose profundo sobre el quiebre de la pandemia, el vacío en la salud mental de los jóvenes y el desafío de humanizar la tecnología frente a los oficios del futuro.

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El  uso de las nuevas tecnologías en el sistema educativo es el tema que más se debate actualmente. Uno de los interrogantes que más florece en este contexto es cómo sostener un sistema de enseñanza diseñado en el siglo XIX cuando los alumnos habitan la realidad del siglo XXI.

Este y otros conceptos fueron el eje de lo que sostuvo el Lic. Rafael Perez Muñoz durante la presentación de su libro "Rebeldía y Progreso", el viernes pasado en el auditorio de Coopelectric. Ante la mirada atenta de alumnos de diferentes escuelas, profesores y público en general, y con la organización de Maite Salerno junto al espacio Familias TDAH, el encuentro sirvió como el escenario ideal para desmenuzar las deudas pendientes de la enseñanza tradicional. El pizarrón y los celulares es una escena que se vive a menudo en los distintos colegios.

A Muñoz le llevó aproximadamente cinco años escribir este libro y, si bien lo hizo con el corazón, tiene sustento científico. El resultado es un mapa indispensable para comprender el tránsito de la juventud argentina en una era donde la pandemia desdibujó los límites conocidos.

"Lo que estamos buscando con este volumen es construir alternativas para mejorar la educación, abriendo caminos para que los jóvenes sigan participando. El futuro se vislumbra complicado, pero si nos juntamos y volvemos a revalidar ese pacto histórico entre las familias, el sistema educativo y la juventud, vamos a salir adelante. Como dije en la charla: nadie se salva solo, la construcción siempre es en conjunto y en comunidad", explicó Muñoz a "Diario Olavarría".

En este punto señaló: "Para hacer una síntesis de lo que profundizo en el libro, el nudo es que estamos corriendo muy por detrás de los avances tecnológicos, especialmente de la Inteligencia Artificial, y muy desconectados del pensamiento actual de los jóvenes. No estamos logrando ponernos de acuerdo en una política pública unificadora que ofrezca, por ejemplo, salidas de oficios para asegurarles un futuro. Necesitamos concretar una comunidad organizada, como lo supo ser la política educativa argentina en sus mejores épocas, donde los educadores, las familias y el sistema marchen unificados hacia el mismo lado. De esas aulas tienen que salir los próximos presidentes y los dueños de las empresas de los próximos 15 o 20 años, formados por un sistema educativo que vuelva a ser un orgullo nacional".

El inicio de este libro explica que la juventud argentina ha atravesado una era de contención y expansión al mismo tiempo: un tiempo en que la pandemia convirtió las casas en aulas y, de forma paralela, desató una energía de encuentro que buscó maneras de resistir, imaginar y avanzar. Esta edición propone leer ese tránsito como un tejido: hilos de aprendizaje, de protesta, de cultura y de cuidado mutuo que, entrelazados, sostienen a individuos y comunidades cuando la incertidumbre desdibuja los caminos tradicionales. En su núcleo laten tres ideas que recorren todas las páginas: la educación como derecho sociocultural y herramienta de justicia, la tecnología como medio y no como fin, y la juventud como protagonista capaz de convertir crisis en oportunidad colectiva.

También presta atención a la rebeldía creativa que prosperó en la era digital: expresiones artísticas, protesta cívica y nuevas formas de conversación pública que integran cultura y política. No se trata sólo de denunciar desigualdades, sino de construir culturas de acción que formen ciudadanía crítica, capaz de dialogar, negociar y sustentar políticas públicas con legitimidad social. En paralelo, se exploran avances pedagógicos que no sacrifican la dignidad humana por la eficiencia tecnológica: educación centrada en la persona, acompañamiento socioemocional y prácticas que prometen aprender a lo largo de toda la vida en un mundo que se transforma a gran velocidad.

La visión que propone esta obra es de una educación inclusiva y equitativa, donde la tecnología sirve a la dignidad de cada estudiante y donde las comunidades —familias, vecindarios, organizaciones— son coeducadoras. Se dibuja un camino que no busca fórmulas universales, sino principios compartidos: acceso real y sostenible a herramientas, currículos que reconocen la diversidad regional y gobernanza abierta, responsable y participativa. Al lector le corresponde acompañar este viaje: imaginar, debatir, probar y sostener prácticas que hagan posible que la educación siga siendo puente entre sueños y realidades, entre la vida y el conocimiento que la sostiene.

"Rebeldía y Progreso" ha recorrido un camino que comenzó en la sorpresa y la incertidumbre de la pandemia y se ha ido forjando, a través de las experiencias de jóvenes, docentes, familias y comunidades, en un marco de aprendizaje profundamente humano. Si algo ha quedado claro en estas páginas es que la crisis no fue solamente un periodo de atravesar dificultades, sino una ocasión histórica para revisar, renovar y reforzar el tejido educativo, cultural y cívico de la Argentina. 

Para Muñoz, la juventud se ha revelado como una fuerza creativa, crítica y movilizadora por lo tanto  dejó de limitarse a la demanda de derechos para transformarse en la capacidad de co-diseñar, co-educar y co-pensar políticas públicas que respondan a realidades diversas. La rebeldía política y cultural que cristalizó en redes y en proyectos comunitarios encontró en la educación un terreno de legitimidad y acción; la cultura y el arte dejaron de ser adornos para convertirse en vectores de identidad, comprensión y cohesión social.

La participación de las familias y de las organizaciones locales, lejos de ser un complemento, se convirtió en un eje central de la continuidad educativa y del desarrollo comunitario. Este giro hacia el acercamiento a los demás y la cooperación, mostrado en experiencias como Escuelas Abiertas y redes de mentoría, ilustra una verdad simple pero poderosa: aprender es un acto colectivo y aprender bien requiere vínculos de confianza, recursos compartidos y una gobernanza que rinda cuentas a la gente.

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La tecnología, en tanto instrumento de aprendizaje, ha dejado de ocupar un lugar marginal para convertirse en un motor de inclusión, cuando se integra con criterios de equidad, ética y acompañamiento pedagógico. Los capítulos sobre blended learning, IA para tutorías, plataformas de gestión y alfabetización digital señalan una ruta realista hacia una educación más personalizada, más colaborativa y más resiliente. Pero esa promesa no se alcanza por sí sola: requiere inversión sostenida en infraestructura, reducción de costos de datos, capacitación continua para docentes y familias, y una gobernanza que proteja la privacidad, fomente la transparencia y garantice que las herramientas sirvan a la dignidad de las personas y al derecho a aprender a lo largo de la vida. 

Mirando hacia adelante, la invitación es a escuchar con atención las voces de las comunidades, a sostener prácticas pedagógicas que integren lo digital y lo humano, y a diseñar políticas públicas que acompañen la innovación con responsabilidad. Si esas condiciones se cumplen, la educación puede dejar de ser un objetivo aparte y convertirse en la base misma de un tejido social más justo, más participativo y más capaz de enfrentar los desafíos de un mundo en constante transformación. Así, la educación deja de ser un refugio temporal para convertirse en un proyecto colectivo de progreso, en el que cada joven, cada familia y cada comunidad aporta su razón de ser y su voz para construir un mañana que merezca la pena habitar.

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Al ser consultadoo  sobre cómo surgió el título, el Licenciado respondió: "Nació del quiebre profundo que significó la pandemia. A partir de ahí, vimos una clara rebeldía en los jóvenes respecto al encierro que padecieron; sus casas se transformaron, entre comillas, en sus propias cárceles de estudio, variando según la realidad habitacional o social de cada uno. Esa frustración incubó una rebeldía contra el sistema que terminó trasladándose fuertemente a lo político. De hecho, se puede ver reflejado en la franja etaria que mayoritariamente terminó votando al actual presidente; es justamente esa juventud que sufrió el encierro. Por el lado del progreso, sostengo que muchos de los chicos que pudieron procesar eso y salir hacia arriba son los que van a progresar, y hoy nos están pidiendo a los adultos que los ayudemos a impulsarse".

Además, destacó la importancia de los canales de comunicación afectivos en el aula: "La escucha tiene que ser constante, a cada momento y a cada instante. A veces los chicos no hablan con palabras, pero cuando les hacemos una pregunta, lo primero que debemos hacer es agudizar el oído y poner nuestro corazón en el suyo para que nos puedan transmitir lo que les pasa. El libro también aborda esto: la pandemia dejó secuelas muy complejas en la salud mental de los jóvenes y necesitamos escucharlos con urgencia para poder ayudarlos".

Para concluir, Muñoz dejó una reflexión final de cara al futuro del país: "Necesitamos que los jóvenes, las familias y los docentes estemos en la misma sintonía para sacar adelante a nuestra querida Argentina; porque si no lo solucionamos entre todos, no lo soluciona nadie".

La presentación terminó y los murmullos ganaron el auditorio de Coopelectric. Mientras los alumnos de las distintas secundarias empezaban a desconectarse de las sillas,  para volver a la rutina de una tarde gris, la frase flotando en el aire se sintió más como un diagnóstico urgente que como un simple eslogan de cierre.

Desmenuzar las deudas de la enseñanza tradicional no es una tarea para técnicos de escritorio; exige pisar el barro, recorrer los barrios de nuestra ciudad y mirar de frente el quiebre emocional que dejó la intemperie de la pandemia. Al final del día, las respuestas a la velocidad de la Inteligencia Artificial o al dilema de los oficios automatizados no van a brotar de un manual cerrado. La verdadera encrucijada se resuelve en la trinchera del aula diaria, ahí donde un docente intenta capturar la atención de una mirada perdida frente a una pantalla. Si el tejido se rompió en comunidad la solución  solo puede ser colectivo. O se asume el compromiso de escuchar el murmullo de las nuevas generaciones, o las aulas seguirán habitando un siglo que ya no les pertenece.