04/06/2026

Once años de Ni Una Menos, ¿qué es lo que como sociedad todavía no estamos viendo?

​A once años del primer grito colectivo, un repaso profundo por las cifras de la provincia de Buenos Aires y los recientes casos que conmueven al país. Integrantes de la cátedra de Comunicación y Género y del PPEM examinan la dimensión de las microviolencias cotidianas y los desafíos que afrontan los circuitos de asistencia local frente al actual contexto presupuestario.

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Desde que empezó el año hubo 90 femicidios directos vinculados de mujeres y niñas, 5 transfemicidios y 233 tentativas de femicidios.
El 30 de mayo, a una semana de su desaparición, encontraron el cuerpo sin vida de Agostina Vega, una adolescente de solo 14 años de edad.

Días antes, una adolescente misionera de 17 años, fue asesinada y encontrada en una cámara séptica.

En abril denunciaron la violación y embarazo de una niña de apenas 12 años en Santiago del Estero.
Detrás de cada caso existe una trama de desigualdades y relaciones de poder que exceden los hechos individuales. María Eugenia Iturralde, doctora en Comunicación e integrante de la cátedra Comunicación y Género de la Facultad de Ciencias Sociales, señala que situaciones como las ocurridas en los últimos meses exponen una problemática estructural.

“Hablamos de jóvenes que están en una situación de desigualdad, que queda a merced de un varón adulto, en una situación total de poder donde los adultos somos quienes debemos poner el límite y establecer hasta dónde es sano avanzar en un vínculo con una adolescente” explica. Se trata de “hechos aberrantes” que terminan vulnerando el derecho más básico: el derecho a la vida.
Las cifras provinciales permiten dimensionar la magnitud de esta violencia.

Según datos correspondientes a 2025, 78 mujeres murieron por violencia de género en la provincia de Buenos Aires, 77 mujeres cis genero y una mujer trans, lo que representa el 60,5% de las muertes violentas de mujeres registradas durante ese periodo. Además, el 85,9% de los casos ocurrieron dentro de las viviendas, en muchos casos a manos de hombres que formaban parte de su entorno afectivo.

La violencia sistemática más allá del femicidio

A once años de la primera movilización de Ni Una Menos, la persistencia de estos números abre un interrogante que sigue vigente: ¿por qué continúan habiendo cifras tan altas pese a la existencia de leyes y herramientas específicas para prevenirlos? Para Melina Escobedo, integrante del Programa Permanente de Estudios de la Mujer (PPEM), la respuesta no puede buscarse únicamente en los casos individuales, sino también en las fallas institucionales y sociales que permiten que estas violencias se reproduzcan.

Para Escobedo, la explicación de los femicidios no puede reducirse a hechos aislados, sostiene que se trata de la expresión más extrema de un entramado de violencias que atraviesa la vida cotidiana de las mujeres y las disidencias “El femicidio forma parte de un proceso mucho mayor de violencias sistemáticas que sufrimos en un montón de entornos y que quizás muchas veces no las podemos nombrar como violencia específica”, explica.

En ese sentido, advierte que muchas de estas situaciones suelen pasar desapercibidas o ser naturalizadas socialmente, desde comentarios despectivos y controles sobre la vida de las mujeres hasta relaciones marcadas por profundas desigualdades de poder. Según Escobedo, “cuando una mujer es asesinada, la violencia ya llevaba tiempo manifestándose de otras formas”.



La violencia de género ocurre principalmente en espacios de confianza y cercanía. Créditos: Informe anual de femicidios del ministerio público de la Provincia de Buenos Aires.


La especialista también pone el foco en la necesidad de construir redes de confianza y acompañamiento. Al analizar casos recientes como el de Agostina, remarca que la prevención no solo depende de la víctima o su entorno más cercano, sino también de la capacidad de las instituciones para acompañar y dar respuesta.

En ese sentido, destacó que “en Olavarría existen experiencias de trabajo articulado entre organismos públicos y organizaciones de la sociedad civil que buscan acompañar mujeres en situaciones de violencia y fortalecer los circuitos de asistencia”.

Sin embargo, advierte que la existencia de estos espacios no alcanza por sí sola. “En Olavarría tenemos un montón de desarrollo de política pública en ese sentido”, señala, aunque agrega que los resultados también dependen de la continuidad de las políticas y de los recursos disponibles para sostenerlas en el tiempo.

Para la especialista, el problema aparece cuando esas herramientas comienzan a desmantelarse o pierden financiamiento, dificultando la capacidad de prevención e intervención frente a situaciones de violencia.

Para Escobedo, las cifras continúan siendo elevadas porque persisten violencias estructurales, discursos que las legitiman y un debilitamiento de las políticas públicas destinadas a prevenirlas. “Solo nos sorprende la muerte, pero las violencias están presentes mucho antes", concluye.



La distribución mensual evidencia una mayor concentración de fenicios durante la primavera y verano.


El debate sobre las denuncias falsas

Ante el avance de discursos que ponen el foco en las denuncias falsas, Escobedo sostiene que el debate suele correrse del problema principal. Según explica, “estas narrativas no están dirigidas a quienes trabajan o militan las temáticas de género, sino al conjunto de la sociedad, especialmente a quienes atraviesan preocupaciones cotidianas que dificultan profundizar en estas problemáticas”.

La integrante del PPEM señala que el sistema legal ya contempla sanciones para quienes realizan denuncias falsas y que esos casos representan una proporción mínima frente al volumen de situaciones reales de violencia. “De la cantidad de denuncias que puede haber por acosos o violencias en líneas generales, el número de situaciones en las que eso no fue real es mínimo”, afirma.

Para Escobedo, el énfasis puesto sobre las falsas denuncias termina funcionando como una estrategia que desvía la atención de los problemas estructurales. “Lo que quieren plantear es que su manera de hacer más efectivo el Estado es terminar con todo lo que ellos creen que no está funcionando”, sostiene. Y advierte que, mientras se instala esa discusión, se desfinancian políticas públicas destinadas a la prevención y al acompañamiento de mujeres en situaciones de violencia.

La especialista también vincula estos discursos con formas de violencia cotidianas que suelen pasar desapercibidas. “La violencia también la legitimamos nosotros con prácticas super chiquitas”, señala. Menciona desde comentarios humillantes y burlas hasta situaciones naturalizadas dentro de grupos de amigos o espacios laborales que rara vez son cuestionadas hasta que ocurre un hecho extremo.

“Después nos sorprende cuando pasa algo grave, pero las señales estaban antes”, explica.

Para Escobedo, existe una tendencia social a reaccionar únicamente cuando ocurre una muerte, mientras se ignoran las prácticas y conductas que permitieron que esta violencia creciera.

Al referirse al caso de Agostina, la especialista invita a reflexionar sobre los silencios que rodean muchas situaciones de violencia: “Qué casualidad que conocemos muchas mujeres que han sufrido violencia y no existe un sólo varón que se identifique como violento”, cuestiona.

Para ella, esa contradicción expone mecanismos de encubrimiento y tolerancia social que siguen vigentes.
Advierte que el debilitamiento de las políticas públicas agrava el escenario.

“Este gobierno ha desarticulado, un montón de estructuras que antes estaban un poco más fortalecidas”, afirma.

Por eso considera fundamental recuperar los espacios colectivos de organización y discusión, fortalecer las redes comunitarias y volver a poner en agenda la prevención de las violencias antes de que se transformen en tragedias irreparables.



Una gran parte de agresores intentó ocultar su autoría lo que refleja la dimensión estructural persistente. Créditos: Informe anual de femicidios del ministerio público de la Provincia de Buenos Aires.


Hacia una respuesta política colectiva

Lejos de tratarse únicamente de una fecha conmemorativa, este nuevo 3 de junio encuentra al movimiento feminista frente a un escenario de fuertes tensiones y retrocesos.

Para Escobedo, es indispensable ocupar el espacio público y sostener la discusión colectiva frente a un contexto de retroceso en las políticas de género.

“Lo primero es poder visualizarnos en el espacio de lo público”, afirma. Al mismo tiempo, señala que la experiencia de estos años también dejó una enseñanza: “Que están las legislaciones ya lo sabíamos, pero nos siguen respaldando de que no garantizan absolutamente nada”.

Para la integrante del PPEM, las leyes son una herramienta esencial, aunque su existencia por sí sola no alcanza sin voluntad política, presupuesto y capacidad de implementación.

En ese sentido, considera que el movimiento feminista atraviesa una etapa de redefinición. “Las redes de poder siguen muy bien articuladas y siguen funcionando constantemente”, advierte. Por eso entiende que “el feminismo tiene que transformarse en una respuesta política concreta”.
Frente al actual escenario social y político, Escobedo define este 3 de junio como “una invitación, en este contexto de crisis, a volver a encontrarnos en las calles”. Y agrega que el desafío pasa por sostener la discusión pública más allá de las fechas conmemorativas: “El gran ejercicio ahora es seguir dándole manija al feminismo, dándole difusión, compartiendo qué cosas nos preocupan”.

Para la especialista, la tarea también implica incomodar. “Tenemos que seguir haciendo la tarea de cabildeo al Estado, incomodando en cualquier espacio que podamos estar, y que esa incomodidad implique garantizar derechos a otros”, sostiene.
Escobedo remarca que la movilización también es forma de marcar límites frente a las violencias y los discursos que buscan relativizarlas.

“Hay que decirles que nosotros no vamos a habilitar que esto se siga perpetuando y que, si esto sigue como práctica, vamos a seguir saliendo”, afirma.

A once años de la primera marcha de Ni Una Menos, los femicidios continúan ocupando titulares y las estadísticas siguen mostrando una realidad alarmante.

Pero detrás de cada caso extremo aparecen violencias pequeñas, cotidianas y muchas veces naturalizadas. Tal vez el desafío no sea solamente reaccionar cuando ocurre una tragedia, sino aprender a reconocer esas microviolencias antes de que escalen. Escucharlas, nombrarlas y cuestionarlas sigue siendo tarea colectiva.

*Por Catalina Laborde /Agencia comunica